Todos estos pensamientos, afloraban mientras él, casi dormido, pellizcaba suavemente mi espalda con las puntas de sus dedos. Yo notaba su respiración pausada, lenta, pacífica, tranquila y ordenada. Llena de calma y paz infinita. Sus largas pestañas, de pronto, rozaban levemente contra el reverso de mi brazo, sobre el que descansaba su cabecita y me hacían cosquillas. Recordé, entonces, que esta postura era igual, casi, a la que ponía cuando lo amamantaba. Así, éramos sin más ni más, madre e hijo. Así tenía que ser. En todo su rigor, en lo simple y complicado de esa simbiosis que otorga la madre naturaleza y que, por fortuna, ahora estamos viviendo en plenitud. Sí, aún no han llegado los tiempos en que mi pequeño Sergio, me pedirá explicaciones sobre por qué sus papás no pueden ver bien, por qué no tenemos un coche para ir a la playa, como todas las demás familias o por qué, cuando la mamá de un compañero de clase, hace señas a otra mamá, mientras nos miran caminar juntos por el parque. Dudas, claro, dudas que le asaltarán y a las que he de saber dar respuesta. Una respuesta nada ambigua, ni absurda y que resulte convincente para sus ganas de saber pero que, al mismo tiempo, no le haga daño o, mejor dicho, le haga el menor daño posible. Sï, claro, porque no seré de esas madres que quieren criar a sus hijos en una burbuja antisufrimiento. No, para nada. Madurar como persona, también es eso, sufrir y llorar las penas y, con ayuda o sin ella, hacerles frente y aprender a caminar junto a ellas, en paralelo, viéndolas venir, incluso antes y entrenando a cabeza y corazón para la dureza de esos momentos que, de alguna forma, resulta que condimentan también la vida.